Bayer acaba de cerrar la venta a Dow Chemical de una de sus filiales químicas. Tras la compra de Schering, la compañía alemana ya había anunciado que se desprendería de algunos de los negocios químicos, con el fin de obtener ingresos que permitieran financiar la operación. Bayer continúa avanzando así en el mayor proceso de transformación de sus 144 años de historia.
El artífice de esta vasta reestructuración no es otro que Werner Wenning, su presidente y consejero delegado, quien lleva en la compañía más de 40 años de carrera profesional. Wenning llegó a la presidencia del consejo de administración en 2002. El año anterior fue para Bayer un annus horribilis. Fue el año en que tuvo que retirar del mercado Lipobay/Baycol, su estatina para el colesterol, un producto que se encontraba en vías de alcanzar el estatus de blockbuster. Fue también el año en que tuvo serios problemas con la producción de Kogenate, un medicamento para tratar la hemofilia.
La situación económica internacional, cuya debilidad se vio agravada por los ataques terroristas del 11-S, hizo empeorar aún más la situación, llevando a Bayer a los números rojos por primera vez en su historia, a finales del tercer trimestre. Ello motivó el retraso del debut de la acciones de Bayer en Wall Street. Unos meses después, en abril de 2002, Wenning recibía el testigo de manos de quien hasta entonces presidía la compañía, Manfred Schneider.
Schneider había recibido en numerosas ocasiones la petición de segregar el negocio farmacéutico del resto del conglomerado industrial. Durante los años anteriores otros grupos químico-farmacéuticos habían llevado a cabo este proceso de escisión. El grupo británico ICI separó su negoció farmacéutico Zéneca, que posteriormente se fusionaría con la sueca Astra para formar AstraZeneca. Hoechst y BASF realizaron sendos procesos similares.
Bayer había llegado a plantearse fusionar su negocio farmacéutico con otra compañía mediana del sector, con una cartera de productos importante. Tras explorar varias opciones, abandonó finalmente la idea al convencerse que dada su situación no le sería posible mantener el control de la nueva compañía. La llegada de Wenning supuso revisar por completo la estrategia y asumir un nuevo enfoque. La Nueva Bayer estaba en marcha.
Una decisión importante en este proceso fue llevar a cabo la segregación de la mayor parte del negocio químico y una parte del negocio de polímeros en una nueva compañía, Lanxess, que fue colocada en bolsa. Los ingresos que se obtuvieron, junto con los procedentes de otras desinversiones sirvieron, en primer lugar, para financiar la adquisición del negocio de productos de venta libre de Roche, y posteriormente, para la compra de la alemana Schering.
La Nueva Bayer se apoya sobre tres pilares, en lugar de los cuatro de la antigua organización. Un primer pilar que engloba polímeros innovadores. Un segundo pilar constituido por el negocio agroquímico y que se disputa el liderazgo mundial con Syngenta. Y un tercer pilar, el del negocio farmacéutico, mucho más sólido ahora, tras el refuerzo que han supuesto las adquisiciones anteriormente mencionadas.
En este último caso, Bayer ha decidido focalizarse en cuatro áreas principales: cáncer, cardiovascular, salud de la mujer y diagnóstico por la imagen (medios de contraste). Dos de los productos más prometedores actualmente son el antitumoral Nexavar (sorafenib DCI) y el anticoagulante oral Xarelto (rivaroxaban DCI). Ambos productos prometen alcanzar la categoría de blockbuster. Justo ahora acaban de conocerse los resultados de un estudio que demuestra la superioridad de rivaroxaban frente a enoxaparina. Como consecuencia, la cotización de la acción ha reaccionado al alza.
Precisamente el éxito del proceso de reestructuración y revitalización de Bayer se refleja en la evolución del valor de la acción. Desde la llegada de Wenning el aumento de la cotización bursátil ha sido constante. Sólo en los últimos doce meses, la revalorización ha sido superior al 75 por ciento. La mayoría de analistas confía en que el valor continuará creciendo en los próximos períodos.
Thursday, July 12, 2007
Thursday, July 5, 2007
Biosimilares en EEUU
Hace más de un año, la Comisión Europea aprobó unas guías en las que se indica los requisitos que han de cumplir los productos biosimilares en términos de calidad, eficacia y seguridad. Ahora, la comisión de sanidad del senado norteamericano, formada por senadores demócratas y republicanos, acaba de votar y aprobar de manera unánime una ley que autoriza a la FDA a registrar bajo determinadas condiciones este tipo de productos, que por más que se empeñen algunos no son genéricos de fármacos biotecnológicos, aunque se puedan parecer mucho. Si realmente fueran lo mismo, los legisladores estadounidenses no hubiesen tardado tanto tiempo en desarrollar un marco legal diferenciado del que rige para los genéricos.
La nueva norma exige al fabricante que aporte a la FDA datos analíticos y al menos un estudio clínico que pruebe que el biosimilar es tan eficaz y seguro como el original. Además, no se permite presentar una solicitud de registro de un biosimilar hasta que el original haya estado al menos 12 años en el mercado. Dos menos de los que proponían las compañías biotecnológicas. La asociación de genéricos norteamericana, que pedía un máximo de cinco años, ya ha puesto el grito en el cielo por el (a su juicio) dilatado período de protección.
La eventual sustitución también ha sido contemplada por la ley. La FDA aplicará a la nueva sustancia el término ‘intercambiable’ si el nuevo producto demuestra ofrecer los mismos resultados clínicos que la marca original, sin elevar el riesgo para el paciente. En el caso de que no sean ‘intercambiables’ se denominarán ‘biosimilares’. El primer producto que apruebe la FDA como ‘intercambiable’ gozará de un año de exclusividad en el mercado.
El hecho de que ni la industria de biotecnología ni la de genéricos se muestren satisfechas con esta ley constituye tal vez el reflejo de que por parte del legislador se ha logrado alcanzar un buen equilibrio de intereses, ya que, al igual que con la ley Hatch-Waxman (que se aplica para los genéricos), la norma incentiva tanto a los pioneros como a los seguidores. Se premia la innovación y se recompensa la llegada al mercado de productos similares a los originales. El legislador norteamericano ha entendido que es fundamental proteger los derechos de propiedad intelectual de las firmas innovadoras, así como mantener un nivel de incentivos suficiente que continúe estimulando la inversión en I+D.
En el caso de los biosimilares, la principal preocupación continúa siendo la seguridad de los pacientes. Por ello las biotecnológicas han demandado que se exija la realización de estudios clínicos que, junto con la eficacia, demuestren este aspecto. Por su parte las compañías de genéricos han venido defendiendo que sea la FDA quien decida caso por caso si se requiere este tipo de estudios. La ley ha acabado concediendo a la FDA esta discrecionalidad.
Hoy por hoy el futuro parece estar en los productos biológicos. En la actualidad el número de este tipo de productos que se encuentran en diferentes fases de desarrollo supera los 400. Son productos destinados a tratar patologías tales como el cáncer, Alzheimer, Parkinson, diabetes, enfermedades cardiovasculares, infección por VIH, etc. La industria de la biotecnología continúa creciendo a buen ritmo y, según IMS, sólo en EEUU el mercado de este tipo de productos superó el último ejercicio los 40.000 millones de dólares. A nivel mundial se sobrepasaron los 60.000 millones de dólares. Con la llegada de productos biosimilares algunos analistas del sector creen que esta cifra podría reducirse en una tercera parte.
Compañías líderes en genéricos, como Teva, Sandoz o Barr llevan ya trabajando desde hace algún tiempo en el desarrollo de biosimilares, habiendo invertido importantes sumas de dinero en instalaciones que les deberán permitir el suministro tanto a países europeos como norteamericanos. Aunque la mayor parte de los proyectos se intenta mantener en secreto, ya hay algunos productos que, como Epogen (eritropoyetina) o Herceptin (trastuzumab), ven amenazado su futuro.
La nueva norma exige al fabricante que aporte a la FDA datos analíticos y al menos un estudio clínico que pruebe que el biosimilar es tan eficaz y seguro como el original. Además, no se permite presentar una solicitud de registro de un biosimilar hasta que el original haya estado al menos 12 años en el mercado. Dos menos de los que proponían las compañías biotecnológicas. La asociación de genéricos norteamericana, que pedía un máximo de cinco años, ya ha puesto el grito en el cielo por el (a su juicio) dilatado período de protección.
La eventual sustitución también ha sido contemplada por la ley. La FDA aplicará a la nueva sustancia el término ‘intercambiable’ si el nuevo producto demuestra ofrecer los mismos resultados clínicos que la marca original, sin elevar el riesgo para el paciente. En el caso de que no sean ‘intercambiables’ se denominarán ‘biosimilares’. El primer producto que apruebe la FDA como ‘intercambiable’ gozará de un año de exclusividad en el mercado.
El hecho de que ni la industria de biotecnología ni la de genéricos se muestren satisfechas con esta ley constituye tal vez el reflejo de que por parte del legislador se ha logrado alcanzar un buen equilibrio de intereses, ya que, al igual que con la ley Hatch-Waxman (que se aplica para los genéricos), la norma incentiva tanto a los pioneros como a los seguidores. Se premia la innovación y se recompensa la llegada al mercado de productos similares a los originales. El legislador norteamericano ha entendido que es fundamental proteger los derechos de propiedad intelectual de las firmas innovadoras, así como mantener un nivel de incentivos suficiente que continúe estimulando la inversión en I+D.
En el caso de los biosimilares, la principal preocupación continúa siendo la seguridad de los pacientes. Por ello las biotecnológicas han demandado que se exija la realización de estudios clínicos que, junto con la eficacia, demuestren este aspecto. Por su parte las compañías de genéricos han venido defendiendo que sea la FDA quien decida caso por caso si se requiere este tipo de estudios. La ley ha acabado concediendo a la FDA esta discrecionalidad.
Hoy por hoy el futuro parece estar en los productos biológicos. En la actualidad el número de este tipo de productos que se encuentran en diferentes fases de desarrollo supera los 400. Son productos destinados a tratar patologías tales como el cáncer, Alzheimer, Parkinson, diabetes, enfermedades cardiovasculares, infección por VIH, etc. La industria de la biotecnología continúa creciendo a buen ritmo y, según IMS, sólo en EEUU el mercado de este tipo de productos superó el último ejercicio los 40.000 millones de dólares. A nivel mundial se sobrepasaron los 60.000 millones de dólares. Con la llegada de productos biosimilares algunos analistas del sector creen que esta cifra podría reducirse en una tercera parte.
Compañías líderes en genéricos, como Teva, Sandoz o Barr llevan ya trabajando desde hace algún tiempo en el desarrollo de biosimilares, habiendo invertido importantes sumas de dinero en instalaciones que les deberán permitir el suministro tanto a países europeos como norteamericanos. Aunque la mayor parte de los proyectos se intenta mantener en secreto, ya hay algunos productos que, como Epogen (eritropoyetina) o Herceptin (trastuzumab), ven amenazado su futuro.
Thursday, June 28, 2007
¿Una OPA por Bristol-Myers Squibb?
Tal y como pronosticaba la mayoría de analistas, Sanofi-Aventis y Bristol-Myers Squibb (BMS) han terminado ganando el caso a la canadiense Apotex. Esta compañía decidió el pasado mes de agosto (ver El Global, nº 307) introducir en EEUU la versión genérica del antiagregante Plavix (clopidogrel DCI), cuya comercialización comparte BMS con Sanofi. Ahora un juez federal acaba de sentenciar que es válida la patente que protege a Plavix hasta el 2011. Apotex recurrirá la decisión judicial y su consejero delegado ya ha manifestado que trabajará sin descanso hasta conseguir que se reconozca la invalidez de la patente.
En cualquier caso, la mencionada resolución judicial ha avivado las especulaciones en torno al futuro de BMS. Aunque la decisión que ha tomado el juez era la que se esperaba con mayor probabilidad, sin lugar a dudas elimina uno de los principales escollos que existían al plantear una posible operación de compra. El otro obstáculo importante que ha sido eliminado es la supervisión de sus operaciones por parte del gobierno norteamericano. Por ello numerosos analistas coinciden en que ahora la compañía se ha vuelto mucho más atractiva para ser objeto de una adquisición. Su capitalización bursátil asciende en estos momentos a 62.000 millones de dólares, lo que incluye una prima por las especulaciones en torno a su posible adquisición. En este sentido, una de las candidatas que suenan con más fuerza como posible adquirente es la propia Sanofi. Recordemos que la fusión de ambas empresas daría lugar al mayor grupo farmacéutico del mundo, por delante de Pfizer y GlaxoSmithKline (ver El Global, nº 326). Por cierto, estas dos últimas compañías también aparecen en la lista de posibles compradores, junto con AstraZeneca e incluso Novartis. En el caso de GlaxoSmithKline, tal vez la incertidumbre que se ha creado durante las últimas semanas acerca del futuro del antidiabético Avandia, cuya seguridad cardiovascular ha sido puesta en tela de juicio, haya estimulado también el interés de esta compañía por BMS.
A Sanofi le vendría muy bien hacerse con el atractivo pipeline de BMS, sobre todo después de que un comité de expertos que asesora a la FDA haya votado unánimemente contra la aprobación de Acomplia (rimonabant DCI), cuestionando su seguridad. Hasta esa decisión, los pronósticos apuntaban a que sólo en EEUU las ventas de Acomplia podrían llegar a superar los 1.000 millones de dólares anuales. Con la compra de BMS Sanofi ampliaría su presencia en EEUU y extendería las líneas de productos de oncología, diabetes y salud mental, salvando la notable debilidad de su cartera, ya que el período de exclusividad de tres de sus principales productos (Clexane, Plavix y Eloxatin) finaliza en menos de cinco años. Antes de lanzar su oferta de compra, Sanofi debería superar la aparente división que existe en su consejo, según ha trascendido a la prensa. Mientras su presidente, Jean-François Dehecq, es partidario de la adquisición, su consejero delegado, Gerard Le Fur, no parece compartir su opinión por considerarla excesivamente cara.
No obstante no parece que BMS comulgue con la idea de ser adquirida, pues recientemente ha firmado con AstraZeneca y Pfizer sendos contratos. AstraZeneca acordó en enero pagar a BMS 1.350 millones de dólares para financiar el desarrollo de dos antidiabéticos: saxagliptan y dapaglifocina. Precisamente en la reunión anual de la Asociación Americana de Diabetes BMS acaba de presentar datos que apuntan a que saxagliptan podría ser un fuerte competidor para Januvia, de Merck & Co. En cuanto a Pfizer, el pasado mes de abril aceptó abonar a BMS 1.000 millones de dólares para desarrollar conjuntamente el antiagregante apixaban, que se encuentra en sus últimas fases de experimentación.
Resumiendo, los fuertes rumores de fusión de los últimos días parecen estar bien fundamentados y las probabilidades de que a lo largo de las próximas semanas se pueda iniciar una competición de ofertas para hacerse con el control de BMS son elevadas. El bocado es suculento y los comensales tienen suficiente dinero en el bolsillo y algo más que apetito. Parece una ironía de la vida que Peter Dolan, el anterior presidente y consejero delegado de BMS, responsable en buena parte de su actual atractivo, se viera obligado a abandonar la compañía el pasado año.
En cualquier caso, la mencionada resolución judicial ha avivado las especulaciones en torno al futuro de BMS. Aunque la decisión que ha tomado el juez era la que se esperaba con mayor probabilidad, sin lugar a dudas elimina uno de los principales escollos que existían al plantear una posible operación de compra. El otro obstáculo importante que ha sido eliminado es la supervisión de sus operaciones por parte del gobierno norteamericano. Por ello numerosos analistas coinciden en que ahora la compañía se ha vuelto mucho más atractiva para ser objeto de una adquisición. Su capitalización bursátil asciende en estos momentos a 62.000 millones de dólares, lo que incluye una prima por las especulaciones en torno a su posible adquisición. En este sentido, una de las candidatas que suenan con más fuerza como posible adquirente es la propia Sanofi. Recordemos que la fusión de ambas empresas daría lugar al mayor grupo farmacéutico del mundo, por delante de Pfizer y GlaxoSmithKline (ver El Global, nº 326). Por cierto, estas dos últimas compañías también aparecen en la lista de posibles compradores, junto con AstraZeneca e incluso Novartis. En el caso de GlaxoSmithKline, tal vez la incertidumbre que se ha creado durante las últimas semanas acerca del futuro del antidiabético Avandia, cuya seguridad cardiovascular ha sido puesta en tela de juicio, haya estimulado también el interés de esta compañía por BMS.
A Sanofi le vendría muy bien hacerse con el atractivo pipeline de BMS, sobre todo después de que un comité de expertos que asesora a la FDA haya votado unánimemente contra la aprobación de Acomplia (rimonabant DCI), cuestionando su seguridad. Hasta esa decisión, los pronósticos apuntaban a que sólo en EEUU las ventas de Acomplia podrían llegar a superar los 1.000 millones de dólares anuales. Con la compra de BMS Sanofi ampliaría su presencia en EEUU y extendería las líneas de productos de oncología, diabetes y salud mental, salvando la notable debilidad de su cartera, ya que el período de exclusividad de tres de sus principales productos (Clexane, Plavix y Eloxatin) finaliza en menos de cinco años. Antes de lanzar su oferta de compra, Sanofi debería superar la aparente división que existe en su consejo, según ha trascendido a la prensa. Mientras su presidente, Jean-François Dehecq, es partidario de la adquisición, su consejero delegado, Gerard Le Fur, no parece compartir su opinión por considerarla excesivamente cara.
No obstante no parece que BMS comulgue con la idea de ser adquirida, pues recientemente ha firmado con AstraZeneca y Pfizer sendos contratos. AstraZeneca acordó en enero pagar a BMS 1.350 millones de dólares para financiar el desarrollo de dos antidiabéticos: saxagliptan y dapaglifocina. Precisamente en la reunión anual de la Asociación Americana de Diabetes BMS acaba de presentar datos que apuntan a que saxagliptan podría ser un fuerte competidor para Januvia, de Merck & Co. En cuanto a Pfizer, el pasado mes de abril aceptó abonar a BMS 1.000 millones de dólares para desarrollar conjuntamente el antiagregante apixaban, que se encuentra en sus últimas fases de experimentación.
Resumiendo, los fuertes rumores de fusión de los últimos días parecen estar bien fundamentados y las probabilidades de que a lo largo de las próximas semanas se pueda iniciar una competición de ofertas para hacerse con el control de BMS son elevadas. El bocado es suculento y los comensales tienen suficiente dinero en el bolsillo y algo más que apetito. Parece una ironía de la vida que Peter Dolan, el anterior presidente y consejero delegado de BMS, responsable en buena parte de su actual atractivo, se viera obligado a abandonar la compañía el pasado año.
Thursday, June 21, 2007
¿Medicamentos de estilo de vida?
¿Quién no ha soñado alguna vez con poder tomar una pastilla que le devuelva a su peso ideal? ¿O que le permita recuperar el cabello perdido? ¿O que le garantice una juventud permanente a lo Dorian Gray? Y, por supuesto, con total seguridad. Para los seres humanos se trata de aspiraciones naturales, comunes a cualquier época y cultura. Si alguna vez logramos colmar estos deseos, inmediatamente los reemplazaremos con la demanda de fármacos que nos permitan, por ejemplo, volvernos invisibles a voluntad, volar a la velocidad de la luz o caminar sobre las aguas. Podríamos crear una nueva categoría de fármacos superventas: los megablockbusters.
Pero, dejémonos de ensoñaciones y volvamos a la realidad. Hay situaciones patológicas que suponen una clara amenaza para la vida. Por ejemplo, un tumor maligno. Otras que pueden constituir tan solo un factor de riesgo. Por ejemplo, una tensión arterial por encima de los valores normales. O que conlleve una seria molestia para quienes las padecen. Por ejemplo, una lumbalgia. Y hay otras situaciones, que aunque indeseadas, si conllevan alguna molestia, ésta es mínima y por otra parte no suponen riesgo alguno. Por ejemplo, la alopecia androgénica o la disfunción eréctil.
Las terapias que se han desarrollado y comercializado para las situaciones de este tercer caso son las que en la década de los 90 se agruparon de manera inapropiada bajo la denominación de medicamentos ‘de estilo de vida’ (o lifestyle drugs, según la terminología anglosajona). Esta terminología, creada y extendida por la prensa, se me antoja desafortunada, pues, de una parte, banaliza tanto las terapias como las indicaciones; y, de otra, no resulta adecuada para describir con propiedad y, por tanto, representar las diferentes situaciones que pueden tener como común denominador el ser poco molestas y de bajo o nulo riesgo.
Tal vez el hecho de que algunos de los fármacos de este grupo vayan destinados a tratar situaciones para las que existe una elevada demanda de soluciones en la sociedad, como son la alopecia y la obesidad, y que además llevan asociado un importante componente estético, ha determinado su amplia repercusión mediática y su progresiva banalización social. Algunas de las condiciones tratadas no se manifiestan de manera discreta, sino que se presentan con diferentes grados de intensidad o gravedad, como sucede con la obesidad, que a partir de cierto nivel se relaciona con enfermedad coronaria, hipertensión, diabetes e incluso con muerte súbita. Esto demuestra la dificultad de fijar una línea de separación entre medicamentos esenciales y medicamentos ‘de estilo de vida’.
En numerosas ocasiones, entidades públicas o privadas que aprueban la utilización de medicamentos o fijan las condiciones de cobertura de la prestación farmacéutica colocan a determinados productos la etiqueta de medicamento ‘de estilo de vida’ con la finalidad de justificar su rechazo a que sean utilizados o reembolsados. La pasada semana un tribunal de Berlín ha confirmado que Acomplia (rimonabant DCI), un producto de Sanofi-Aventis para la obesidad, es un medicamento ‘de estilo de vida’, justificando así su inclusión en una lista negativa de reembolso.
Se comprende que la sanidad imponga un límite a las prestaciones sanitarias y que fije prioridades en la asignación de recursos. En este caso, parece que lo razonable sería acotar la prestación en base a la gravedad de la condición tratada. Así, para un fármaco que haya demostrado ser seguro y eficaz en reducir el peso, puede ser sensato que un ligero exceso no tenga cobertura, pero no que no la tenga un grado importante de obesidad. Una cosa es valorar un fármaco en base a su efectividad y seguridad, y otra muy distinta es hacerlo guiándose por criterios mayormente economicistas, negando una terapia efectiva a ciudadanos que podrían obtener con ésta un enorme beneficio para su salud.
Pero, dejémonos de ensoñaciones y volvamos a la realidad. Hay situaciones patológicas que suponen una clara amenaza para la vida. Por ejemplo, un tumor maligno. Otras que pueden constituir tan solo un factor de riesgo. Por ejemplo, una tensión arterial por encima de los valores normales. O que conlleve una seria molestia para quienes las padecen. Por ejemplo, una lumbalgia. Y hay otras situaciones, que aunque indeseadas, si conllevan alguna molestia, ésta es mínima y por otra parte no suponen riesgo alguno. Por ejemplo, la alopecia androgénica o la disfunción eréctil.
Las terapias que se han desarrollado y comercializado para las situaciones de este tercer caso son las que en la década de los 90 se agruparon de manera inapropiada bajo la denominación de medicamentos ‘de estilo de vida’ (o lifestyle drugs, según la terminología anglosajona). Esta terminología, creada y extendida por la prensa, se me antoja desafortunada, pues, de una parte, banaliza tanto las terapias como las indicaciones; y, de otra, no resulta adecuada para describir con propiedad y, por tanto, representar las diferentes situaciones que pueden tener como común denominador el ser poco molestas y de bajo o nulo riesgo.
Tal vez el hecho de que algunos de los fármacos de este grupo vayan destinados a tratar situaciones para las que existe una elevada demanda de soluciones en la sociedad, como son la alopecia y la obesidad, y que además llevan asociado un importante componente estético, ha determinado su amplia repercusión mediática y su progresiva banalización social. Algunas de las condiciones tratadas no se manifiestan de manera discreta, sino que se presentan con diferentes grados de intensidad o gravedad, como sucede con la obesidad, que a partir de cierto nivel se relaciona con enfermedad coronaria, hipertensión, diabetes e incluso con muerte súbita. Esto demuestra la dificultad de fijar una línea de separación entre medicamentos esenciales y medicamentos ‘de estilo de vida’.
En numerosas ocasiones, entidades públicas o privadas que aprueban la utilización de medicamentos o fijan las condiciones de cobertura de la prestación farmacéutica colocan a determinados productos la etiqueta de medicamento ‘de estilo de vida’ con la finalidad de justificar su rechazo a que sean utilizados o reembolsados. La pasada semana un tribunal de Berlín ha confirmado que Acomplia (rimonabant DCI), un producto de Sanofi-Aventis para la obesidad, es un medicamento ‘de estilo de vida’, justificando así su inclusión en una lista negativa de reembolso.
Se comprende que la sanidad imponga un límite a las prestaciones sanitarias y que fije prioridades en la asignación de recursos. En este caso, parece que lo razonable sería acotar la prestación en base a la gravedad de la condición tratada. Así, para un fármaco que haya demostrado ser seguro y eficaz en reducir el peso, puede ser sensato que un ligero exceso no tenga cobertura, pero no que no la tenga un grado importante de obesidad. Una cosa es valorar un fármaco en base a su efectividad y seguridad, y otra muy distinta es hacerlo guiándose por criterios mayormente economicistas, negando una terapia efectiva a ciudadanos que podrían obtener con ésta un enorme beneficio para su salud.
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