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Saturday, January 3, 2009

Arrecia el debate sobre la DTC


A ambos lados del Atlántico se vuelve a avivar el debate sobre la DTC, la publicidad o información (es difícil saber dónde está la frontera) dirigida al consumidor. Mientras en EE.UU. la patronal del sector (PhRMA) acaba de actualizar su código con el fin de clarificar algunas áreas grises que han podido dar lugar a abusos y que han agudizado las críticas que recibe la DTC en aquel país, en Europa la Comisión propone que se permita a las compañías farmacéuticas publicar cierta información sobre medicamentos de prescripción.

En el Viejo Continente parece que los funcionarios de la UE se hayan dado cuenta por fin de que la regulación ha quedado desfasada y pretenden ponerla al día. Es evidente que, gracias a la red, el ciudadano medio puede hoy en día obtener en pocos minutos una ingente cantidad de información prácticamente sobre cualquier tema. Según datos de Eurostat la penetración promedio de Internet en los hogares europeos alcanza ya el 60 por ciento.

Ello en la práctica supone que cualquiera tiene a su alcance un ordenador desde el que realizar una consulta sobre un medicamento comercializado o aún en investigación. Todos sabemos que para cualquier búsqueda que se realiza en la red, la calidad de la información que se obtiene es de todo tipo, desde la más seria y rigurosa, hasta la más irresponsable, engañosa y nefasta. El problema que se plantea entonces es saber si tenemos criterio suficiente para discernir cuál merece nuestro crédito.

En estas circunstancias parece un tanto absurdo impedir que las propias compañías investigadoras y fabricantes de los medicamentos informen al público sobre aspectos relevantes de los mismos. Ello deberá hacerse, como es lógico, dentro de un marco legal razonable, orientado a procurar un uso racional y responsable de los fármacos. Cabe esperar, por tanto, que la cordura acabe por imponerse, que la propuesta de la Comisión llegue a buen fin y que acabe siendo aprobada por el Parlamento Europeo.

Monday, December 8, 2008

La competencia de Neelie Kroes


La industria farmacéutica se enfrenta desde hace algunos años al vencimiento de las patentes de sus blockbusters, los productos que más ingresos le reportan. Esta tendencia será mucho más acusada a finales de la presente década, cuando se alcance el conocido como ‘precipicio de las patentes’. Por este motivo, uno de los mayores desafíos de este sector lo constituye el hallazgo de nuevos productos que reemplacen a los anteriores y que compensen la pérdida de facturación que conlleva la entrada de genéricos equivalentes.

Con este trasfondo, la comisaria anticompetencia, Neelie Kroes, ha presentado hace unos días un informe en el que se da cuenta de algunos hallazgos preliminares sobre una investigación iniciada en enero pasado con el fin de analizar la conducta de compañías innovadoras y de genéricos de las que se sospecha que podrían estar llevando a cabo prácticas restrictivas de la competencia encaminadas a frenar la llegada al mercado de nuevos medicamentos genéricos. Según declaraciones de la comisaria al New York Times, las prácticas anticompetitivas de las innovadoras han podido suponer entre los años 2000 y 2007 un gasto sanitario adicional de 3.000 millones de euros.

La Comisión Europea también cree que las farmacéuticas investigadoras demoran la llegada al mercado de nuevos productos innovadores. Las compañías se defienden argumentado que ellas son las primeras interesadas en introducir nuevos productos y que si no lo hacen antes es debido a escollos de tipo legal o técnico. Al hilo de este asunto coincido con la opinión de Jordi Faus (abogado y socio de Faus & Moliner), quien en estas páginas señalaba que las premisas sobre las que trabaja la Comisión no parecen muy acertadas (ver EG, nº 368).

Mientras que la Comisión observa (y tiene buenos informes que así se lo indican) cómo se ha ido reduciendo la productividad innovadora del sector y cómo su competitividad empeora progresivamente, en lugar de hacer un alarde de autocrítica, de reconocer cierta falta de celo en la asunción de sus obligaciones y de entonar el mea culpa, prefiere optar por la estrategia de ‘la mejor defensa es un buen ataque’. Y así no muestra recato alguno en cargar sobre las espaldas de la industria (innovadora y de genéricos) la responsabilidad de la situación.

Resulta sorprenderte el revuelo causado recientemente cuando desde la Comisión no se ha dado a conocer hechos concretos, sino tan sólo citas seleccionadas que procuran injustamente una visión sesgada e indiscriminada del sector, que vuelve de nuevo a ser ‘el malo de la película’, con la inoportuna colaboración de algunos medios poco profesionales que no han dudado en evocar los fantasmas de siempre y de citar incluso una de las novelas del escritor John Le Carré, quien parece ser ya una referencia obligada en estos asuntos.

A nadie le debe causar extrañeza que las empresas utilicen todos los medios legales y legítimos a su alcance para defender su posición competitiva. Las investigadoras tratan de proteger sus innovaciones y las de genéricos tratan de llegar cuanto antes al mercado. Mientras que corresponde a los poderes públicos establecer, revisar y actualizar, si así se juzga oportuno, las reglas del juego competitivo, velando por que se alcance y mantenga un sano equilibrio, un punto medio en el que conviva una competencia sólida en el sector con un estímulo a la innovación, y una rivalidad justa en beneficio, en último término, de los consumidores, pacientes o contribuyentes, a quienes se deben.

Todo ello debería traducirse en el mercado farmacéutico europeo en procurar unas condiciones que favorezcan el desarrollo de un mercado de genéricos sin menoscabo de la competitividad del sector en su conjunto. Visto desde el lado del paciente o contribuyente, si bien es cierto que a éste le conviene pagar menos por sus tratamientos, también le interesa que se sigan desarrollando terapias innovadoras, que le aporten sobre todo más eficacia y mayor seguridad.